aforados, consejeros, cardenales,….

Asistimos a otro caso,  el de las tarjetas opacas, que dará mucho que hablar; parece sin embargo que no nos ponemos de acuerdo en qué es lo más reprobable de la conducta de los franquiciados, hay dos aspectos que me gustaría destacar: el primero de ellos es que algunos de los consejeros, aunque su número es muy reducido, no hicieron uso de las citadas tarjetas y este es el único aspecto positivo, “si al menos encontráis un justo entre ellos….”; el segundo es la certeza absoluta, digan  lo que digan los implicados, de que el privilegio de la tarjeta no lo consideraban como parte de sus retribuciones (retribuciones en especie) si no como una prebenda oculta, incontrolada y por lo tanto ilícita, y se llega a esta conclusión con la comprobación de los gastos asumidos con ellas en la mayoría de los casos, tiendas de lujo, grandes comilonas, vinos y otras exquisiteces, que no se hubieran adquirido seguramente en tales proporciones  si hubiera que haberlas pagado con el propio peculio, pues no hay como echar mano a la sabiduría popular para darse cuenta de lo propicios que somos a “tirar con pólvora del Rey”, es sabido que en la época en que aparecen las armas de fuego en España, la pólvora la pagaba el Rey de su propio tesoro y de ahí el dicho para referirse a los que gastan sin mesura con el dinero que no es el suyo.

Antiguamente cuando en las familias de decidía el futuro de los hijos, a los destinados a la Iglesia se intentaba que iniciaran pronto su formación para que llegaran a ser canónigos y en las mejores familias se aspiraba a conseguir un capelo cardenalicio; hace 50 años los buenos estudiantes querían ser ingenieros de caminos aunque una gran mayoría acaban estudiando derecho; en los tiempos actuales los que aún creen en los beneficios de una buena formación quieren ser “telecos”, aunque el sueño es ser consejero o por lo menos aforado, para lo cual hay que pasar por la política, ya que los consejeros por tener patrimonio propio son los menos.

LEON X, el último papa renacentista, hijo de Lorenzo de Médici, a los 13 años fue nombrado cardenal, era un gran amante de las artes y de otras cosas, aunque poco de los pobres; ya se ha hecho alusión al duque de Lerma y al “molt honorable” en otra entrada anterior y también conviene recordar al dominico Girolamo Savonarola que es el fraile que se convirtió en azote de la corrupción y quiso gobernar la ciudad-estado de Florencia en el siglo XV como una Nueva Jerusalén. El fraile fue un gran predicador, intransigente con la corrupción y un profeta desarmado.

SAVONAROLA

Los pocos retratos que se conservan de Savonarola nos remiten a un mundo oscuro: el Medioevo que se resiste a morir, asusta la mirada implacable del fraile dominico que estuvo a punto de convertir Florencia en una república teocrática. Convertido en  una gran figura mediática- diríamos hoy-  comienza a enfrentarse a su protector, Lorenzo de Médici, conocido en toda la ciudad como Lorenzo el Magnífico,  acusándole  de prostituir la república para convertirse en tirano. Sus sermones impresionan y cada vez acude más gente a oírle en San Marcos. El Papa de Roma está preocupado. Los equilibrios peninsulares crujen y las predicas de Savonarola han hecho mella. Los Médici son expulsados de Florencia. La oligarquía queda descabezada y el predicador de San Marcos se convierte en el nuevo amo de la ciudad, sin necesidad de ocupar ningún puesto político. Manda desde el púlpito. Savonarola exhorta a los ricos a prescindir de sus propiedades más lujosas y organiza un ritual purificador llamado la hoguera de las vanidades. Cuadros, muebles lujosos, espejos venecianos, perfumes, y libros profanos son echados al fuego en la plaza de la Signoria el 7 de noviembre de 1497, martes de Carnaval, día en que se enciende una gran hoguera previa requisa de objetos lujosos en toda la ciudad.

Savonarola no estaba armado y seguramente sobreestimó su capacidad de persuasión. Se acercó demasiado al rey de Francia y comenzó a atacar con mucha furia al Papa de Roma. Ahí se perdió. El segundo Papa Borgia podía llegar a ser el más peligroso de los enemigos. Alejandro VI (padre de César y Lucrecia) intentó comprar primero a Savonarola con una dignidad eclesiástica, le ofreció el capelo cardenalicio. El fraile lo rechazó, indignado, y siguió denunciando la corrupción en Roma. Un día ordena arrojar libros de Petrarca y Bocaccio a la hoguera de las vanidades y proclama el derecho de resistencia a la misma Iglesia. El Papa le excomulga y comienza a moverse para proceder a su eliminación. Tiene medios para ello. Recurre a la coerción. Es un Papa armado. Amenaza a los comerciantes florentinos en Roma con arruinar sus negocios si no le ayudan a quitar de en medio a ese incómodo personaje. Se le abre un proceso eclesiástico, con diecisiete cargos en su contra. Se le acusa de haberse apropiado del don de la profecía, de herejía, cisma, rebeldía… Los franciscanos son implacables con él. Es condenado a muerte, ahorcado y quemado en la plaza de la Signoria el 23 de mayo de 1498. Sus cenizas son arrojadas al río Arno para que nadie las convierta en reliquia.

Hoy en día vivimos tiempos de cambio y agitación. La corrupción vuelve a ser denunciada, las oligarquías y las castas están bajo sospecha, los príncipes lo pasan mal, las alianzas van y vienen, el realismo político está desprestigiado, los predicadores mediáticos han adquirido fuerza, hay sueños de nuevas ciudades-Estado, hay nostalgias del Estado-fuerte, hay deseos de volver a empezar y todo se mueve sin que nadie sepa exactamente en qué dirección. Savonarola no quiso ser cardenal y murió al año siguiente en la hoguera, Pablo Iglesias si ha querido ser eurodiputado.

Plinio asignaba la felicidad moral a la estación madura, en la cual se supone que las pasiones han calmado, los deberes se han cumplido, la ambición satisfecha, fama y fortuna establecidas sólidamente….

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