Terceras nupcias

No, no, nada de eso, no se trata de una noticia del  verano, ni por supuesto se refiere a mí, por lo menos directamente,  aunque la prensa está preñada de noticias de bodas recurrentes de personajes conocidos, como Kate Winslet la heroína de Titanic que se casó con Ned Rocknroll hace un par de años en Nueva York (siempre N.Y.),  o el beatle Paul McCartney que lo hizo a los 69 años o la fallecida duquesa de Alba, e incluso de otras cuestiones tangenciales sobre el mismo tema, como la polémica entre las iglesias católica y ortodoxa  sobre la pretendida  segunda oportunidad que al parecer ofrece esta última a los divorciados, polémica en la que ha intervenido el Papa, sin afirmar ni negar, aunque todo lo anterior esté ahí, yo voy por otro lado, claro que tengo que reconocer que el título es un poco ambiguo y quizás transgresor.

maquiavelo para mujeresSe trata hoy  de hablarles de Maquiavelo para mujeres, el libro de Harriet Rubin publicado por Planeta. De la misma manera que Maquiavelo enseñó al Príncipe a aprovechar el conflicto para obtener el control, la autora  se inventa a la Princesa para enseñar a las mujeres a aprovechar sus armas específicas como una nueva estrategia de poder. Las mujeres han sido educadas para evitar conflictos, apaciguar, cuidar y alimentar a los demás, y Rubin nos demuestra que pueden codificar estas mismas capacidades prototípicas –sensibilidad, profundidad emocional, capacidad de sacrificio, abnegación y generosidad- para actuar en beneficio propio. Para relacionarse con el compañero emocional, con el jefe o con la propia madre; para diseñar estrategias sociales, familiares o económicas; para conseguir o evitar lo aborrecible. Este libro es el manual destinado a convertirse en el libro de cabecera de la mujer moderna. Pero cuidado, tampoco hay que pasarse…….

Y ahora viene la explicación a las terceras nupcias, partiendo de algunas de  las ideas de Maquiavelo sobre las mujeres como las recogidas en algunos párrafos de   El Príncipe que les traigo a continuación: “Considero que es preferible ser impetuoso y no cauto, porque la fortuna es como la mujer, y es preciso, si se la quiere tener sumisa, golpearla y maltratarla. Y se ve como se deja dominar por éstos, antes que por los que actúan con tibieza……Y, como mujer, es amiga de los jóvenes, porque son menos prudentes y más fogosos y se imponen con más audacia” ,  pasamos a otras que  son reconvertidas por Luis Racionero en  La sonrisa de la Gioconda con mucho ingenio y expresividad  y  en tercer lugar  las que resumo y  les presento aquí, amigo lector, para provocar su sonrisa, sin doble intención. Se trata de una supuesta conversación sobre el carácter de las mujeres y también sobre los hombres aunque en segundo lugar,  entre Cesar Borgia ansioso de gloria, y Nicolás Maquiavelo ávido de poder.

Maquiavelo-GUfizziMaquiavelo había aplicado su estilete al espinoso asunto y nos ilustra con un análisis lúcido, cruel y, por una vez, apasionado: nos expone su teoría sobre el supuesto sexo débil. Según él, el hombre caza con jabalina; la mujer, como la araña, caza con red. Inmóviles, tejen sus redes, urden sus tramas, lanzan sus señales y echan numerosos anzuelos. Al principio te lo darían todo, lo que tú hagas les parecerá bien, tus aficiones las compartirán: si gustas cazar con halcón, te animarán a ello, si jugar en las partidas de calcio, alabarán tu entusiasmo; si eres bebedor, beberán copiosamente contigo. Poco a poco, imperceptiblemente, a partir del momento que la sacudida en su sutil tela de araña les indica que estás envuelto, y el leve tirón en el sedal que has mordido el anzuelo, comenzarán a ganar terreno, a entrar en el tuyo, descendiendo majestuosamente, milímetro a milímetro, desde la inmovilidad de su centro, y te darán la vuelta. Sin apenas darte cuenta te encontrarás oyendo que el halcón es un pajarraco insoportable, el calcio un juego embrutecedor indigno de caballeros, el vino malo para el hígado. Cuando estés atrapado, es decir, cuando ella sepa que no puedes pasarte sin ella, comenzará a mandar, pero nunca abiertamente ni dando la cara. Si ella desea un perfume de Trapobana no te lo pedirá, como harías tú con un amigo, antes conseguirá —y aquí reside el meollo de su arte— que tú le pidas por favor que adquiera ese perfume. Entonces, ella consentirá resignada, suspirará que lo hace sólo por ti y te pasará factura exigiendo encima otra cosa.

Tienen la suprema habilidad de hacerse obedecer sin demostrar que mandan. ¿Quién va a rebelarse contra quien no le manda? Son talentos que están en su naturaleza o que se transmiten de madres a hijas. Tienen el don de la videncia, lo que no ven lo adivinan, como si el tercer ojo de los gimnosofistas estuviese abierto naturalmente en ellas. Sólo hay un modo de combatirlas: no necesitándolas; pero ¡qué difícil! Nuestras madres nos han condicionado para desearlas y no poder pasarnos sin ellas. Somos incapaces de vivir en soledad, mucho más incapaces que ellas. Llevar una casa se nos antoja una montaña, cuando en realidad es sencillo cuando se dispone de medios. Yo lo he sabido hacer toda la vida, pero nadie me enseñó a ello, he tenido que aprenderlo solo.

Otra de sus artes es la capacidad de culpabilizar. Están, como un contable milanés, llevando las cuentas de lo que les debemos; todo cuanto nos interesa y que a ellas resulta indiferente —que es casi todo— nos será contabilizado. Si sales, porque sales; si no sales, porque no sales; serás culpabilizado y se te cargará en el debe. Ellas van sumando puntos en su diabólica cuenta a la contra y te siguen culpabilizando de no hacerles caso, de no adivinar lo que estaban deseando, de no decir lo correcto. El hombre que cae en este juego —y son casi todos— vive en constante desasosiego esperando el próximo instante en que se habrá equivocado, sin saber a ciencia cierta cuándo se equivoca, como el mal educado que no se percata de su incorrección.

Por último, y para rematar este inmenso despropósito, cuando el hombre, por amor hacia ella, les hace un hijo está firmando su sentencia de muerte, porque en el momento de quedar encinta algo cambia en su cabeza y ya sólo tienen ojos para el hijo; el padre pasa a segundo plano, de amante queda postergado a marido, de cómplice a portador de dinero para que no le falte nada al niño. Ni con nobleza, ni con cariño, ni siquiera con amor se las conquista; sólo se las domeña con dinero. ¡Ay del que se casa con mujer rica!, entonces ya no tiene defensa alguna contra estos seres despiadados y sin memoria.

Tampoco los hombres me han satisfecho —añadía Maquiavelo— y debería hablar tan mal de ellos o peor que de las mujeres, porque son más débiles y cobardes que ellas. Se creen más inteligentes porque practican la lógica aristotélica, sin percatarse de que ellas no la usan porque no la necesitan; la desechan como una herramienta insulsa, demasiado rígida para corresponder a la fluida realidad, demasiado lenta para adaptarse al ritmo voluble de la vida, demasiado lógica, en una palabra, para comprender las contradicciones de la realidad. Ellas ven, sienten y aciertan; nosotros inducimos, deducimos, argumentamos y erramos. Ellas son prácticas y realistas, nosotros abstractos e idealistas. Con lo cual, cuando los hombres van, ellas ya vuelven. El hombre es impaciente como un niño mimado, ellas tienen la inmensa paciencia de la naturaleza y, lo que es peor para nosotros, su indiferencia. Por eso precisamente son las preservadoras de la especie. Sin ellas nos habríamos extinguido, y no porque den a luz, sino por su sabiduría aplicada a la realidad, y por su entereza, que no es fuerza física sino vitalidad.

El hombre es burdo, no capta los detalles. La mujer, quizás porque ha pasado miles de generaciones mirando la cara de sus niños para adivinar lo que necesitan, sabe leer en la cara de los hombres como un libro abierto donde las emociones, los recelos, los deseos se ven con la suntuosa claridad de las mayúsculas en un manuscrito iluminado. El hombre, en cambio, ve poco y ellas se desesperan porque no adivinamos lo que están deseando, y él se desespera porque no sabe lo que se espera que adivine, ni cuándo. Un conjunto de despropósitos, desencuentros y malentendidos causados por el error de creer que hombres y mujeres pertenecen a la misma especie cuando, en la práctica, son tan distintos como una abeja y una libélula.  La naturaleza es como es y debemos aceptarla: si ha puesto en el hombre un deseo sexual más excitable que en la mujer, peor para el hombre, porque de ahí ha partido desde siempre el poder de la mujer sobre el hombre. La mujer le puede al hombre como el agua al fuego. De niño lo tienen entre sus brazos, de hombre entre sus piernas: ¿cómo no van a hacer de él lo que quieran?

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3 comentarios en “Terceras nupcias

  1. En una de las charlas que tuvimos con Oteiza, nos dijo con una de sus frecuentes paradojas: “La mujer es un ser inferior pero muy superior al hombre. Ojalá todo estuviera hoy, el poder y todo, a su cuidado”. Todo esto acompañado de una sonrisa cómplice.

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