Cicatriz en la mirada

el silencio en la posmodernidadSi hay un producto que gana al sexo como el más vendido de la historia es el conjunto completo de sucedáneos, la infinita variedad de lenitivos de la verdad que compramos en todas sus formas. Lo saben los políticos, los sacerdotes, los curanderos, los dueños de los casinos y los publicistas. Los humanos queremos vivir en la mentira, refugiarnos entre sus cálidas paredes edificadas sobre arena, y somos capaces de matar para evitar que nos saquen de la protección que nos ofrecen. Pagamos por la esperanza de obtener libertad, vida eterna, remedio contra el cáncer, tres cerezas en la máquina tragaperras y abdominales perfectos —¡sin esfuerzo, con solo cinco minutos al día! —. Cuando caen las lluvias, se precipitan los torrentes y soplan los vientos que derrumban la mentira, entonces… nos buscamos otra. Reflexionar sobre tu pareja en la soledad de madrugada tras un día emocionalmente extenuante es parecido a echar pedazos de carne ensangrentada en un agua infestada de pirañas. Los pequeños gestos y los detalles minúsculos que desechas en el día a día se colocan bajo el microscopio y se engrandecen. Una mirada de fastidio se vuelve de desprecio, un comentario amable se interpreta manipulador, una buena intención se transforma en cálculo, el piropo se torna en adulación. Lo ordinario se vuelve obstáculo, como un cajón que sobresale y no hay manera de volver a colocarlo de nuevo. Lástima que el mal se haga todo junto y el bien se administre de a poco. 

“Ninguna cosa es más importante que otra”, escribió Silvina Ocampo. Claro, nos engañamos al creer que hay cosas fundamentales y otras que no lo son tanto, que algunos momentos (y las palabras que los nombran) son desmesurados, que el nacimiento de un hijo es más trascendente que tomarse las manos a medianoche, que asistir a la muerte de un ser querido tiene más peso que atesorar el botón de una camisa descolorida. ¿Y si fuera al revés? Pero no, dice ella. Ninguna cosa es más importante que otra. Desear a alguien con la furia de todas las palomas aleteando al mismo tiempo no es más vital que amarrar las agujetas de las zapatillas y seguir caminando, como dice mi amigo el de los cordones que se ata cada día. Porque la vida no está quieta que es lo que nos recuerda Manuel Fernandez de la Cueva en su ensayo Sobre el silencio en la posmodernidad.

Pero el motivo de las alusiones a la verdad y a la mentira vienen a cuento por el comentario que les traigo hoy sobre una obra muy interesante de Michael Taylor, especialista en pintura holandesa del siglo XVII, que, en su ensayo La mentira de Vermeer (Vaso Roto, 2012) analiza la obra del pintor y el contexto en el que se desarrolló su vida; y también les hablaré de algunas otras mentiras en el arte.

la mentira de veermeer

Vermeer: La pintura del silencio y el ensueño, de la posibilidad y de la evasión es la visión que hace la profesora Anisa, sobre esta obra de Taylor en la que desvela algunos de los secretos de la pintura del artista neerlandés, de su reencuentro y de la forma que, a su juicio, tiene el artista para crear esa ilusión de verdad. Si el creador utiliza el arte para transformar la realidad según el dictado de su propia utopía, cualquier creación artística plantea dos preguntas: ¿Cuál es esa utopía? y ¿cuál era esa realidad inicial que el artista necesitaba trancender, reedificar? Si bien la primera cuestión es la que ocupa tradicionalmente mayor espacio en los análisis sobre el acto creativo, en el caso de artistas con una vida tan enigmática como la de Vermeer no es menos importante la segunda para entender cabalmente su trabajo. Vermeer, el pintor de la luz y del silencio, retrató una edad de oro que jamás conoció. Un país en guerra durante medio siglo contra Inglaterra y Francia; una ciudad, Delft, asolada por las plagas; un hogar familiar problemático y a menudo violento. ¿Cómo surge de ese tumulto la paz de las telas de Vermeer? Esa es la mentira (sin duda piadosa) que Michael Taylor desvela en este libro acercándose tanto al pintor como a su misteriosa contrafigura, el coleccionista Peter van Ruijven. Como tantos otros pintores holandeses, pertenecía a la clase de los artesanos trabajadores y parece ser que en la década de 1660 su obra gozó de cierto reconocimiento fuera de su ciudad. Trabajaba lentamente y los materiales que utilizaba eran bastante caros. Es probable que consiguiera más ingresos negociando con la pintura de otros artistas. A partir de la subasta de cuadros de maestros famosos que se celebra en un hospicio de Ámsterdam en 1696, Michael, reconstruye la vida y la trayectoria artística de Johannes Vermeer. En el catálogo de la subasta se incluían veintiún cuadros del pintor, que formaban parte del legado de Jacob Dissius, marido de una hija de los Van Ruijven, de la alta y rica burguesía de Delft, que fueron mecenas y amigos del pintor. Los cuadros subastados parecen representar la edad de oro de Holanda, pero la realidad era distinta. Buena parte del siglo XVII fue una época tumultuosa para las Provincias Unidas, que tuvieron que enfrentarse a guerras con Inglaterra y Francia. La ciudad de ensueño que aparece en la famosa Vista de Delft era también una ilusión. El 12 de octubre de 1654, seis años antes de que Vermeer pintara este cuadro se había producido en Delft una terrible explosión en una torre que el gobierno de las Provincias Unidas utilizaba como polvorín. El centro de la ciudad quedó arrasado, y murieron cientos de personas. Sin embargo, Vermeer refleja en su cuadro la imagen de un lugar en el que nada ha pasado, y en el que reina la calma y la quietud del tiempo detenido. Como señala Michael Taylor, en el encuadre elegido por el pintor se nos ofrece un retrato del silencio, un silencio orquestado y poblado por diminutas figuras que se comunican, si es que llegan a hacerlo, con miradas silenciosas.

En la actualidad se le atribuyen a Vermeer treinta y seis obras; en diecinueve de ellas se representa a mujeres jóvenes, sumidas en sus pensamientos. Vermeer no era el único pintor que se centraba en la mujer, pero sí es único al crear esas visiones de ensueño, en las que las figuras femeninas, cuyos rostros están iluminados por una luz que llega del exterior, nos recuerdan el aroma del culto católico a la Virgen María. Esas figuras no representan a modelos reales, sino a un modelo ideal de belleza. El mundo de Vermeer es, en una palabra, un mundo de mujeres, escribe Michael Taylor. Aquellas jóvenes, absortas en su mundo interior, parecen vivir en un espacio y un tiempo en el que nada puede suceder. Del exterior solo llega la luz, al principio intensa, más adelante tamizada por cortinas, tapices y postigos entreabiertos. Pero la paz y serenidad que transmite la pintura nada tienen que ver con la turbulenta y peligrosa época que atravesaban las Provincias Unidas.

la callejuela de delft

Junto con la Vista de Delft, La callejuela –el paisaje urbano más inmóvil de la pintura holandesa, en palabras de Taylor– fue la obra con la que Vermeer fue rescatado del olvido en la segunda mitad del siglo XIX. En La callejuela parece como si pintase el retrato de un día normal de su vida. Tenemos la sensación de que esa imagen es parte de la realidad y nos sometemos conscientemente a esa ilusión, a ese engaño. Nada puede pasar allí, ni siquiera el dolor y la muerte se atreverían a entrar: Admiramos su naturaleza de artefacto exquisito a la vez que sucumbimos al encanto de creer la total ausencia de urgencia, el refugio de la eternidad, que pretende representar.

La mentira que aceptamos conscientemente es una mentira triple: la mentira de que el mundo tridimensional puede ser representado sobre una superficie plana, la mentira de que puede existir una vida al margen del tiempo y la mentira de que la imagen que contemplamos es algo más que una imagen. Taylor nos recuerda las palabras de Oscar Wilde cuando se refería a la hermosa mentira del arte. Vermeer construye con su pintura un hermoso sueño, como si la vida pudiera quedar suspendida en un instante que, en su eterna repetición, es siempre nuevo, pero nunca cambia; el pintor logra crear la ilusión de que hemos atrapado el tiempo. La mentira de Vermeer es un ameno ensayo en el que su autor, nos introduce en los misterios de un pintor que acaba convenciéndonos de que su mirada es también la nuestra. En esta cuidada edición se incluyen reproducciones de los cuadros comentados y unos exhaustivos apéndices sobre las fuentes utilizadas. Una buena forma de iniciarnos en la pintura de Vermeer o de regresar a él guiados por un experto, para recordar que la hermosa mentira del arte es, al mismo tiempo, su verdad. Por eso, al igual que Proust y sus personajes, siempre deseamos regresar a Vermeer.

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Lo de las otras mentiras lo decía en alusión al pintor húngaro Elmyr de Hory que hizo temblar los templos artísticos con sus falsificaciones y El Círculo de Bellas Artes de Madrid nos acercó a su fascinante figura en una exposición hace 3 años, y lo recuerdo ahora en contraposición al comentario que hice recientemente sobre los hermanos Posin, comprueben las diferencias. Elmyr llegó a pintar más de mil obras y utilizó hasta 60 alias para eludir a la justicia. Nacido en Budapest en 1906, parece un personaje salido de la mente más retorcida y brillante de Hollywood. Su vida y su trabajo son dignos de un guión cinematográfico que bien merecería un Oscar. Nadie sabe cuánto hay de verdad en su biografía, lo mismo que nadie sabe en realidad cuántos cuadros suyos hay colgados en los grandes museos del mundo, siendo adorados, cual becerros de oro, como auténticas obras maestras de Picasso, Monet, Renoir, Modigliani, Matisse… Se cree que llegó a pintar más de mil. Sudores fríos les entran a los directores de las más prestigiosas pinacotecas al oír su nombre. La suya fue una vida de engaños, fraudes, plagios, estafas. Vida contada por su amigo Clifford Irving, otro célebre estafador, autor de una falsa biografía de Howard Hughes que le llevó a prisión.

pinturas falsas

Tanto la exposición, como la obra de Elmyr de Hory suponen una reflexión sobre lo verdadero y lo falso en el mundo del arte, conceptos como la autoría, la atribución, la copia, el plagio, la apropiación indebida, el pago del canon o los derechos de autor, tan en boga hoy, que ya les comenté al hablar de MashUp. Se hacía pasar por hijo de unos ricos aristócratas judíos, que murieron en un campo de concentración en la II Guerra Mundial. Su última pareja y heredero, Mark Forgy, se encargó de desmentirlo: su padre era un comerciante de clase media y la familia sobrevivió a la guerra. Cuenta Irving en su biografía que la Gestapo le sometió a un duro interrogatorio en el que le rompieron una pierna y se escapó a París, que fue perseguido por el FBI… ¿Verdadero o falso? Lo que sí parece cierto es que su meteórica carrera en Falsificación de Obras de Arte arrancó aquel día de 1946 cuando su amiga millonaria Malcom Campbell vio un dibujo suyo en su estudio. ¿Es un Picasso, verdad? ¿Lo venderías?  Dijo sí a todo. En ese instante se dio cuenta de lo fácil que sería ganar dinero pintando a la manera de, que es una forma elegante de referirse al plagio y la falsificación. Con el título Elmyr de Hory. Proyecto Fake la exposición reunía óleos, acuarelas, dibujos, litografías: 28, pintados «a la manera» de los grandes maestros; 6, «a la manera» de De Hory.

Yo pinto con el estilo de otros pintores, pero nunca copio de ellos -decía-. Yo no copio, sino que interpreto a otros pintores. Y eso no es nada nuevo en la historia de la pintura. Esa interpretación es captar el alma del artista, el espíritu de su arte. La falsificación pretende ser la pura reproducción técnica de una obra, la interpretación va mucho más lejos. Quienes le conocían le retratan como un histrión culto, elegante, buen anfitrión, fascinante… Se hizo de oro vendiéndoles falsas obras de Matisse, Degas, Renoir, Picasso o Braque a los nuevos ricos de Texas que hicieron fortuna con el petróleo. Prestigiosos museos cayeron en su trampa y el gran coleccionista Hurtle Meadows llegó a atesorar 41 obras falsas en su colección. Pero el gran negocio llegó cuando se asoció con dos grandes estafadores: Fernand Legros y Réal Lessard. Sus últimos 16 años los pasó en Ibiza. Fue investigado y sometido al Tribunal de Vagos y Maleantes. Pisó la cárcel no por falsificador sino por homosexual, convivir con delincuentes y por carecer de medios demostrables de subsistencia. Reclamado por la Justicia francesa, Elmyr de Hory temía que, si era extraditado, le matarían Legros y Lessard. Se suicidó en 1976. Aunque tal vez que no fue tal, sino un error de cálculo fatal con los barbitúricos. Hasta la forma en que murió genera dudas de certeza. Para rizar el rizo, se hallaron en el mercado obras que figuraban como realizadas por De Hory que no eran suyas. El falsificador falsificado. Si se colgaran mis cuadros en un museo el tiempo suficiente, se volverían auténticos, comentó. Qué gran verdad. Quizás, una de las pocas verdades de su falsa vida.

Para terminar sólo unos versos de Amílcar Luis Blanco, que le tomé prestados sin pedirle permiso y a cambio les dejo su enlace. Decía Bansky y no sin razón que es más fácil pedir perdón que pedir permiso.

…………Si callando me encuentro con tu mortal sentido y dándome a tus ojos, a tus manos, me ocurre sentir que la mentira cuerpo a cuerpo discurre con mi amor, una culpa pulsará en su latido…….

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2 comentarios en “Cicatriz en la mirada

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