Diálogo en el diálogo

Al llegar a Madrid, en la terminal 4 del aeropuerto de Barajas, me encuentro con otra de esas manifestaciones tan propias de la postmodernidad:  el cine dentro del cine, el cuadro dentro del cuadro, y en este caso el diálogo dentro del diálogo, se ve que el mensaje del presidente del gobierno ha llegado a todos los ámbitos de la sociedad. Manolo Valdés y Mario Vargas Llosa hablan entre ellos y sus obras lo hacen con los pasajeros que atraviesan el gran vestíbulo, bueno principalmente con las pasajeras que son más perspicaces.

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Se llaman La coqueta, La realista y La soñadora. Son tres grandes cabezas de bronce de Manolo Valdés, y en el pecho llevan impresos tres textos de Mario Vargas Llosa, tres breves monólogos que las describen. Las tres damas dialogan en el nuevo aeropuerto de Barajas, diseñado por el británico Richard Rogers. La colaboración entre Vargas Llosa y Valdés surgió durante una cena bien regada y conversada, en Nueva York. El escultor estaba preparando unas voluminosas cabezas de mujer, tocadas con disparatados e incómodos sombreros, para la nueva terminal de Barajas, una nave gigantesca que recoge de modo fascinante la luz de Madrid, en palabras del pintor. Valdés le sugirió al escritor que hiciera unos textos para ponerlos en relieve, sobre el bronce arrugado y roto de sus esculturas, y Vargas Llosa aceptó encantado, y consideró que la única manera de incorporarles los textos era haciéndolas hablar en una especie de diálogo a partir de tres monólogos cruzados.

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La coqueta. – ¿El secreto de mi felicidad?: La esquiva sonrisa que atiza el hambre de amor de los viajeros, el ligero mohín que ensalza la curva de mis labios y descubre la nieve relampagueante de mis dientes. Una rodilla, un empeine, el lóbulo de la oreja, las aletas de la nariz, pueden insinuar cosas hermosas y llenar de deseos a los hombres. Amigas, ustedes sólo sueñan: yo hago soñar.

 

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La soñadora. – Amigas, ustedes envidian los lujos que no tengo: los estanques de rocío y de lágrimas, donde unos pececillos dorados me acarician los pies en las mañanas y los collares de mariposas que aletean alrededor del cisne que es mi cuello a la caída de la noche. Envidian la miel que abejas rumorosas destilan en mi boca y las ardientes poesías de amor que compone para mí mi tierno enamorado, y que entonan a mis oídos los pájaros cantores. Envídienme, envidiosas: Sí, sí, yo soy ama y señora del espejismo y de los sueños.

 

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La realista. – Sólo existe lo que piso, miro, siento y toco: la lluvia que nos moja, los perros que nos huelen y los apresurados transeúntes. Detesto las mentiras de la irrealidad. Acato sin protestar la tiranía de todo lo existente. Sólo amo lo posible y me sublevo contra el hechizo de las ilusiones. Pobres amigas, ustedes tienen miedo a la vida y por eso se esconden entre las musarañas de la fantasía. Yo sé vivir.

Son textos para ser vistos más que para ser leídos. Admite el escritor la dificultad de la empresa pues él no se considera poeta, sino escribidor y envidioso de los poetas pues como dice, recordando a Borges, la poesía sólo admite la excelencia. Los personajes de Valdés, a diferencia de los de las novelas, son concretos, inmóviles, fijos, traslucen la eternidad de la materia, y afortunadamente dejan mucho campo de acción a la fantasía; no son realistas, pero sí muy humanos. Unir esculturas con textos no es nada nuevo, claro, pero lo original es que las esculturas hablan en primera persona, que cuentan algo que Mario ha escrito y que aceptan en su conversación a los pasajeros que se detienen a observarlas; las esculturas no tienen pedestal, y eso no es intencionado, se las puede mirar a los ojos.

A Manolo Valdés le encantan las series, pero sólo como recurso artístico, viene del arte pop, el equipo Crónica al que perteneció, fue una herencia de ello.

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Y como hemos acabado hablando de series, no por casualidad, les traigo hoy la recomendación de una trilogía escrita hace dos o tres años por Dolores Redondo, la joven escritora que ha ganado el premio Planeta este año 2016, del que les hablaré en otra ocasión. El caso es que yo tenía aparcadas las novelas de la trilogía del Baztán con ciertas reservas mentales, fruto de la pereza sin duda, hasta que me decidí a leerlas y créanme que no me arrepiento de ello. La escritora construye una trama muy interesante y te va guiando y sorprendiendo a lo largo de las tres novelas que tienen cada una un desenlace parcial, aunque, en la siguiente, la acción se concatena y los misterios te vuelven a enganchar; hay quienes ven en ella  algunos rasgos del realismo mágico nacido al otro lado del atlántico el siglo pasado, pero creo que no sólo hay que quedarse con la trama, con el misterio del Baztán y con la inteligencia de la escritora, en mi opinión se puede encontrar una segunda lectura en las relaciones familiares de muy diversa índole que se describen a lo largo de toda la narración y que reflejan el carácter de una sociedad que, para bien o para mal, está en continuo cambio.

Los títulos de las novelas son: el guardián invisible, el legado de los huesos y ofrenda a la tormenta. Hay que leerlas en este orden por supuesto. La primera de ellas, el guardián invisible se estrenará en el cine el próximo año 2017.

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