Tertulia de patata

Muchos de nosotros tenemos un concepto de las tertulias condicionado por lo que vemos en la televisión y efectivamente lo que cada día nos ofrecen  tantos programas en los que determinados personajes más o menos conocidos hablan, chillan, gesticulan y se enfrentan por cualquier motivo es una acepción del citado término, aunque en la mayoría de los casos el contenido nos parece insatisfactorio, bien sea por la falta de sustancia, por lo  predecible del ataque a determinada circunstancia de la actualidad o por la soberbia del moderador, presentador o como quiera llamársele al que oficia como director de orquesta, y no me estoy refiriendo sólo a los programas de cotilleo político o cardiovascular, que también y sobre todo, pero es que en los programas de corte cultural como los dedicados a comentar libros, películas y temas afines, los sátrapas se convierten en protagonistas del comentario gracias a un guión preparado y puntuado por un buen equipo que les hace esa encomiable labor, dejando sin embargo a los contertulios -muchos de ellos verdaderos conocedores de los temas tratados- sin el tiempo y la oportunidad de expresarse con amplitud y forzándoles a responder lacónicamente a unas cuestiones presentadas por el conductor, más o menos interesantes; esto es, desde luego, una opinión muy personal, admitiendo claro que haya honradas excepciones. En alguna entrada anterior he comentado que el conocido programa de televisión Sálvame que tiene tanta audiencia me recordaba el formato de la Commedia dell’Arte, salvando las distancias claro, y ya sé que alguno se va a escandalizar por esta comparación.

la comedia del arte

Pero hay, o, mejor dicho, había otro tipo de tertulias y esas son las que merecería la pena rescatar. No es añoranza del pasado, que está ya un poco lejos y muchos de nosotros apenas tuvimos tiempo de conocer,  sólo algunos recuerdos de juventud como aquellos en que mi amigo Julio y yo, al volver del colegio y cruzar el paseo de Recoletos desde la calle Villanueva hacia la de Bárbara de Braganza, casi todos los días veíamos sentado a Cesar Gonzalez-Ruano, con su café, su cuaderno y su pluma, sus bigotes, sus cejas de terciopelo y sus afeites, nos parecía un mariquita no sé por qué, teníamos 10 o 12 años y no sabíamos muy bien lo que era ser un mariquita pero nos lo parecía y nos daba miedo que nos sorprendiera atisbando por el ventanal del entonces conocido café TEIDE; ese es el recuerdo infantil que me queda de los escenarios en que tenían lugar esas famosas tertulias de escritores, intelectuales, artistas, …. sentados en algún famoso bar, café, botillería u otros tugurios. Del prolífico César González-Ruano apenas otros recuerdos posteriores que sus múltiples artículos en prensa, sus secretos del pasado filonazi y las críticas que recibió, fundadas o no, en uno de sus últimos artículos dicen que escribió: “morir no es otra cosa que ir perdiendo la costumbre de vivir”, y alguno de sus enemigos la transformó en esta otra: “morir es ir perdiendo el oficio de escribir”.

la tertulia del cafe de Pombo

La tertulia del Café de Pombo es la obra más emblemática de José Gutiérrez Solana, exponente de la gran afición de su autor a las reuniones de intelectuales, pintores, filósofos, periodistas, escritores, meritorios, médicos, escultores, toreros y demás fauna que se recogían allí, unos impartiendo doctrina y otros esperando la gloria; estas reuniones fueron habituales durante el primer tercio del pasado siglo en los más conocidos cafés madrileños: el de Fornos, el Nuevo Levante, el del Prado, el Gijón, el Parnasillo, el Novelty, La Ballena alegre, el Universal, el Candelas, y, sobre todo, el que da título al cuadro, el Pombo. Los protagonistas de la pintura son algunos de los más destacados de la época: Manuel Abril, Tomás Borrás, José Bergamín, José Cabrero, Ramón Gómez de la Serna, Mauricio Bacarisse, el propio Solana autorretratado, Pedro Emilio Coll y Salvador Bartolozzi. La pintura de Solana, que la pueden ustedes ver en el museo Reina Sofía de Madrid, presenta unas características muy peculiares, el claroscuro, la frontalidad y el hieratismo en el tratamiento de los personajes, así como la disposición de estos en semicírculo, rodeando a la figura central, el espejo que mezcla con su magia la realidad y la ficción haciendo que se confundan y el lenguaje de pelotón que consigue con el amontonamiento de materia, el dibujo remarcado y los tonos sombríos son sus señas de identidad en este popular retrato colectivo.

la tertulia del cafe de Levante

En estas tertulias se escuchaba con reverencia hablar a unos y a otros, más a los primeros que a los últimos; es famosa la anécdota atribuida a Pío Baroja en el Nuevo Café de Levante, dónde se reunía la flor y nata de la generación del 98 a instancias de Valle Inclán, en la que el novelista vasco, hablando de los españoles dijo de pronto: “La verdad es que en España hay siete clases de españoles… sí, como los siete pecados capitales. A saber: 1) los que no saben; 2) los que no quieren saber; 3) los que odian el saber; 4) los que sufren por no saber; 5) los que aparentan que saben; 6) los que triunfan sin saber, y 7) los que viven gracias a que los demás no saben.  Es fácil saber hoy a quién se refería, no ha cambiado tanto España en un siglo.

Todo este entremés viene a cuento de que hace unos meses, en una capilla que tenemos mi amigo el filósofo y yo rodeados de nuestros personajes, nos pusimos de acuerdo en resucitar una tertulia al viejo estilo, claro está que no somos artistas, ni intelectuales, ni toreros, y que de lo que más sabemos preferimos no hablar porque nos produce hastío, dicho sea esto sin acritud; somos un grupo reducido, contamos con los dos presocráticos, con pepe y su melancolía, con manuela, con la rusa, con un interventor, con la restauradora, con francesca della croce, con una especialista de género que nos puede machacar, con el alférez yago -que no puede hablar de milicia, por convenio- , con el hijo de noé, con un legitimario de una casa ducal y con algunos más que aparecen y desaparecen como el Guadiana; tenemos vistos dos locales alternativos, una librería en Alcalá de Henares que hay que comprobar por lo del aceite y un café en Madrid; pretendemos frecuentar todos los meses después del verano; admitimos sugerencias y/o participaciones esporádicas. El nombre que le he puesto, tertulia de patatas es un canto a la paridad, ya lo comentaré con más calma.

el hombre mediocre

Pero no os creáis que con los efluvios se me ha pasado la recomendación literaria para hoy, se trata de un libro muy antiguo, El hombre mediocre que trata sobre la naturaleza del hombre dividiéndolo en tres tipos de personalidades muy diferentes entre ellas, está escrito por José Ingenieros, un sociólogo y médico italiano-argentino y fue publicado en 1913. El autor era conocido por su positivismo y con este tratado se enfrentó a la rutina, a la hipocresía y a los valores morales típicos de la época, vamos nada nuevo. Es un libro interesante para los que les gusta la psicología y la sociología, ya que analiza en profundidad las características del ser humano y los papeles que los diferentes tipos de hombre han adoptado a lo largo de la cultura de la historia. Para hacer un análisis breve de El hombre mediocre hemos de tener en cuenta principalmente que en esta obra se analizan tres tipos de hombres: el hombre inferior, el hombre mediocre y el hombre idealista, según su historia, la cultura y la conducta que presenta frente a la sociedad en la que viven.

En una ocasión, hace muchos años, le estaba contando a una persona cuya opinión siempre ha significado mucho para mí, que a la Infantería se la conoce como el Arma combatiente que reúne un conjunto de capacidades medias, y entonces me soltó a bocajarro, o sea que sois unos mediocres, no?

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Un comentario en “Tertulia de patata

  1. Pingback:  Cláusulas leoninas | el coronel no tiene quien le lea

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