Azul ultramar

Llevo una temporada atascado por varios motivos que no vienen al caso y desde que fui a ver una exposición de fotografía de Gabriel Cualladó esta pasada Semana Santa en la fundación Canal de Isabel II, le he estado dando vueltas a lo del blanco y negro. La visita me resultó muy interesante no sólo por las fotografías expuestas si no también por la sala – el antiguo depósito elevado de agua de Santa Engracia-, por el momento y sobre todo por la compañía y la complicidad con mi hija pequeña que es una gran aficionada y una magnífica conversadora.

 

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Fundación Canal Isabel II , sala I

La muestra propone un recorrido por la obra del fotógrafo valenciano que fundó en sus primeros años el grupo La Palangana y que pasó después a formar parte de la Escuela de Madrid. Autodidacta y amateur, como le gustaba considerarse, su producción es una de las más singulares de la fotografía española, no solamente por su dimensión poética y por su extraordinaria libertad de expresión, sino también por la naturalidad con la que abordó su interpretación del mundo, con una mirada muy realista que se refleja perfectamente en la serie del Rastro madrileño o en ese universo poético propio que interpreta en la otra serie en la que sorprende a los visitantes del museo Thyssen tras una espera paciente para captar los detalles improvisados que les roba a hurtadillas para demostrar como la fotografía sencilla y directa puede conformar un delicado discurso estético a la vez que un aporte esencial a la crónica de una  época.

el rastro

El Rastro

Museo-Thyssen-Bornemisza.-Madrid-1993

Museo-Thyssen-Bornemisza.-Madrid-1993

Estas digresiones sobre el blanco y negro me están afectando a la memoria lejana recordando la televisión de mi infancia, o al café negro que tomaba mi padre en una pequeña taza blanca impoluta, sin azúcar por supuesto, aunque hace poco leía en algún sitio que se debe echar primero el azúcar y luego el café, moviendo la taza con unos pequeños desplazamientos de la mano en círculos, pero sin remover con la cucharilla. Leemos tantas cosas que uno ya no sabe a qué quedarse, al parecer colorear una foto antigua era hasta ahora una actividad creativa exclusiva de los seres humanos, pero muy pronto, y gracias a un nuevo algoritmo inteligente desarrollado en la Universidad de Berkeley, será cuestión de pulsar un botón en el editor de imágenes de turno. Los primeros resultados son bastante impresionantes. Seguimos dándole vueltas al tema y cae en mis manos: El demonio del Sur. La Leyenda Negra de Felipe II, de Juan Eloy Gelabert – editado por Cátedra el pasado año-, que no es más que un retrato en blancos y grises de Felipe II, cuya portada presenta la imagen del monarca que le dedica Antonio Saura al más puro estilo de los retratos fantásticos de Bacon.

Retrato imaginario de Felipe II, de Antonio Saura

Retrato imaginario de Felipe II, de Antonio Saura

 Claro está que el blanco y negro nos lleva inmediatamente a los colores; en la entrada anterior les comentaba una novela de olores y colores en torno a Murillo y sus famosas encarnaduras, y sin entrar en más profundidades sobre lo perspicuo -palabreja que seguramente utilizaba Aristóteles para definir el color como la barrera entre la luz y la materia-, sin detenernos en ellos, en sus vecinos, en sus opuestos, en sus complementarios, en sus amigos y en sus amantes al fin y al cabo, pasamos de los colores a los pigmentos, que es el título de la entrada de hoy.  Pero no les voy a contar nada nuevo, sólo quería hacer referencia a los pigmentos que los artistas de la antigüedad y algunos no tan antiguos, empleaban como materia prima para el color de sus pinturas. Es muy curioso destacar la influencia que tuvieron dichos pigmentos en la vida de algunos pintores y en la cotización de sus obras, pues los había de tan elevado valor que la mayor o menor profusión de su empleo en los cuadros, exigida por el comitente, llegaba a marcar el precio del encargo, y otros que por su composición y toxicidad provocaban enfermedades y envenenamiento. En esta tarea de preparar sus propios pigmentos encontramos el auténtico sentido artesano del pintor, estos preparativos, muchos de ellos secretos serán los prolegómenos de la faceta artística que culmina en el cuadro realizado. En la pintura del siglo de oro holandés se dan cita todos los componentes que la dotan de su esplendor, los secretos de la técnica de los pigmentos y del óleo que le permiten representar detalles insospechados, los guiños de un barroco retorcido y la ambigüedad de una iconografía bien conocida por una sociedad burguesa y acomodada que estimula la producción de las obras de pintura.

pigmentos

Bueno pues todo lo anterior viene a cuento, aunque cogido con pinzas, para unos comentarios muy interesantes que encontré en un artículo de Marga Fernández-Villaverde, sobre la pintura holandesa del siglo XVII, en concreto sobre la obra Vista de un corredor, de Samuel van Hoogstraten,que se encuentra en el museo del Louvre de París,  uno de esos cuadros que, a pesar de su aparente sencillez, esconden mucho más de lo que se aprecia a simple vista. El artista, que había sido discípulo aventajado de Rembrandt, estaba verdaderamente obsesionado con las perspectivas y los engaños visuales.

 

Samuel van Hoogstraten_Las zapatillas

Vista de un corredor, de Samuel van Hoogstraten

La composición de esta sucesión de estancias de una casa burguesa del siglo XVII es magistral. Para dar sensación de profundidad, el pintor va cambiando la iluminación de las habitaciones y el diseño de las baldosas del suelo. También alterna la colocación de las tres puertas abiertas de la casa, de forma que la primera y la tercera se abren hacia la derecha y la del medio, hacia la izquierda. Se utiliza un punto de fuga central que lleva nuestra mirada directamente a la pared blanca del fondo que es donde se coloca el detalle más importante de la obra: el cuadro que cuelga sobre la silla que nos dará la clave de lo que está sucediendo aquí, es una de las múltiples versiones que se hicieron de la Conversación galante de Gerard ter Borch, una obra que fue famosísima en su época.

 

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gallant-conversation-the-paternal-admonition, de Gerard ter Borch

Como los pintores del siglo XVII no les ponían título a sus obras, durante mucho tiempo se pensó que este lienzo –la Conversación galante–  era una escena doméstica en la que un padre le daba la vara a su hija, mientras la madre bebía sorbitos de vino. Hoy en día se sabe más sobre las convenciones de la pintura holandesa y este cuadro ha recuperado el significado que realmente tuvo en su momento: la venta de favores sexuales. El hombre es demasiado joven para ser el padre de la chica, va vestido de soldado y sujeta sobre sus piernas un sombrero lleno de plumas, que generalmente simboliza la ostentación, el derroche y el vicio. La viejecita que le está dando al tarro no es una modesta ama de casa, sino una alcahueta. Y la chica del impresionante vestido de satén gris perla está a punto de venderse al soldado por dinero. La cama con dosel del fondo, el perro, la vela apagada y torcida y la cinta tirada con descuido sobre la mesa son otros detalles que suelen aparecer en escenas de este tipo.

 

el mensajero

el mensajero, de Gerard ter Borch,

Este cuadro de Gerard ter Borch fue copiado y reinterpretado por muchos pintores de su época. El propio artista estaba tan orgulloso de esta vistosa rubia de espaldas que la utilizó en otras obras similares, como  en El mensajero del Museo Hermitage, donde le puso una carta entre las manos. Las obras de Gerard ter Borch son deliberadamente ambiguas y aunque podemos intuir lo que está pasando, nunca lo deja claro del todo. Como buen barroco, le gusta jugar con nosotros. El tema de la carta tenía un importante precedente iconográfico en la figura de Betsabé, una de las adúlteras más famosas del Antiguo Testamento.

Pero volviendo al cuadro original, Vista del corredor, lo que más llama la atención es la ausencia total de figuras.

Samuel van Hoogstraten_Las zapatillas

Vista de un corredor, de Samuel van Hoogstraten

Los pintores holandeses del XVII no pintaban nunca interiores vacíos. Sin embargo, a pesar de que no hay personajes, es evidente que estamos ante un espacio habitado. Algunos de los objetos de la casa no están colocados en su sitio: hay una escoba apoyada en la pared, junto al trapo de pasar el polvo, dos zuecos tirados en el vestíbulo, las llaves de la última puerta colgando de la cerradura y un libro sobre la mesa del fondo, en precario equilibrio. Los espectadores nos vemos obligados a relacionar este espacio vacío con el cuadro del fondo que, como vimos, está situado en un lugar clave. La mujer del cuadro es la misma que la de las obras de Gerard ter Borch, así como los muebles que se distinguen perfectamente por su color rojo intenso. La figura masculina de la izquierda podría ser el amante, pero por su postura algo cohibida, de pie y con el sombrero en la mano, es más probable que sea un mensajero. Si tenemos en cuenta ahora las pistas que nos ha dejado van Hoogstraten en estas habitaciones, podemos concluir que la señora de la casa, tras recibir una nota de su amante y contestarle que estaba sola, le ha abierto las puertas de su hogar. En este preciso momento, estarán juntos en un lugar que no podemos ver desde nuestra posición. Desde la Edad Media, las llaves eran consideradas como un símbolo sexual y más aún si están metidas dentro de una cerradura. Estas llaves han abierto la habitación del fondo, un espacio privado de la casa, seguramente la alcoba, y simbolizan la aceptación de la mujer que entrega su cuerpo al amante. La vela apagada y torcida sirve para recordarnos la fugacidad de la vida y de los placeres terrenos.

En este lienzo, Samuel van Hoogstraten hizo una variante más del famoso cuadro de Gerard ter Borch, pero era un pintor tan sumamente original que consiguió reinterpretar la escena de adulterio sin necesidad de utilizar personajes. Las estancias vacías representan un camino, la primera estancia es el desamor, condición indispensable para continuar al siguiente estadio, la segunda es el del reencuentro con la ilusión y al final del corredor se llega por fin a la estancia principal, la culminación del adulterio que había empezado en el desamor.

El lapislázuli era escaso y muy demandado, llegó a cotizar hasta cuatro veces el valor del oro, el azul ultramar fue símbolo de poder, el blanco de plomo o albayalde es un pigmento muy tóxico como todos los derivados del plomo.

blanco de plomoEn este caso Blanco de Plomo es una novela de la escritora americana Susan Daitch publicada el año pasado por Siruela y que es la recomendación que hoy les hago. Se trata de un thriller un poco diferente, una amiga me comentó que lo encontraba surrealista pero muy entretenido, y realmente es bastante original, la protagonista se ve obligada a tomar las riendas de la situación en una caso en el que aparecen partenaires insospechados y no sabes como va a terminar, hay una mezcla de arte moderno, pigmentos, emigración, contrabando, amor y algún muerto, se lee muy rápido, todo sucede en Nueva York, el arte moderno, dónde si no…..

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2 comentarios en “Azul ultramar

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