Los ojos del GUADIANA y MONTSERRAT

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Andaba yo este verano distraído con mis cuitas y mis lecturas, cuando recibo un extraño mensaje que me hace tirar por tierra la flema que hasta los más aguerridos adoptamos en la edad provecta y trastoco los planes, me olvido del swing, abandono los libros e incluso paso el aspirador que tenía castigado en un rincón de la terraza, sin pararme a pensar que, como otras veces, el Guadiana viene y se va caprichosamente en su largo recorrido.

“Cómo me gustaría organizar un buen plan contigo, una cena agradable, una conversación distendida, y después compartir en completo silencio la visión de las estrellas,  ….. qué pena que no seas mujer”.

Si, yo también me quedé sorprendido con el mensaje y aún continuo así; qué debería responder y cuándo, es lo más sensato que pude pensar en medio de la zozobra y claro mi contestación fue tan rápida como vana y su réplica sencilla:

“Gracias. No”

Ya no hubo dúplica, si el imprevisto mensaje me recordó al Guadiana, el No fue como el Montserrat; a pesar de todo, inasequible al desaliento, me decidí a desempolvar mi recetario de Cocina con nombre de mujer, del que ya les he hablado en otras ocasiones y me dispuse a preparar una cena especial; las posibilidades de compartirla eran una entre mil, bueno una o ninguna, pero así fue la cosa.

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 BACALAO CON COCO

Ingredientes: Medio quilo de bacalao, Un coco, El zumo de medio limón, Una hoja de menta muy picada, 25 gramos de mantequilla, Una cebolla muy picada, Una cucharadita de perejil picado, Un puñadito de nueces, Un diente de ajo, Sal y pimienta, Una taza de agua.

 

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Whitman y Emilly

Así como Vinnie, la hermana de Emily Dickinson, encontró su poesía oculta en una caja, yo la busqué – y la encontré, pues Jasón puede ser un fraude, pero el vellocino existe – en aquella mujer que, sin saberlo, citaba a la autora de Poemas a la muerte tanto como admiraba el Astrónomo de Walt Whitman.  Fue ella, Anna, la que me recordó que tenemos a los ángeles por vecinos y a mí, en justa correspondencia, me tocó construir – aquí abajo – un cielo para que ella pudiese encontrarlo.

 Wo has not found the Heaven -below-

Will fail of it above

For angels rent the house next ours,

Wherever we remove.

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Estoy convencido de que en el cielo conviven el helado Norte con los mares del Sur, tan lejanos ambos de mi singladura que sólo coinciden en este plato de bacalao con coco que permite que pasen, gracias a la magia todavía sorprendente de la cocina, de la contradicción a la complementariedad.  Un poco como Anna y yo, unas veces tan lejos que convierto los poemas en una súplica:

 To own a An of my own

Is of itself a bliss –

Whatever realm I forfeit, Lord,

Continue me in this!

 

En otros momentos tan cerca que la poesía se convierte en una advertencia:

 

Nor try the tie the butterfly,

Nor climb the bars of ecstasy,

In insecurity to lie

Is joy’s insuring quality.

                                                                  ………….………….

 

Se pone el bacalao en remojo, cortado en trozos pequeños, 24 horas antes de hacerlo, cambiándole el agua varias veces. Se saca el caldo del coco, se pone en un recipiente, se ralla la pulpa y se pone a cocer con agua y el caldo del coco. Se deja cocer durante cinco minutos y se saca y se pasa por un colador dejando esta leche aparte.

En una cacerola de barro se pone la mantequilla, el ajo muy picado y la cebolla también muy picada. Cuando empiece a dorarse se le pone el bacalao, escurrido y sin espinas. Se rehoga y se añade la leche de coco, el zumo de limón, la menta, el perejil, la sal y pimienta Se deja cocer a fuego lento, moviéndolo varias veces, durante 15 minutos.

Si se seca demasiado se le puede añadir un poco de agua caliente, durante la cocción. Se saca en el mismo recipiente a la mesa, adornando con el perejil y las nueces.

63-Receta-de-Solomillos-de-bacalao-con-nueces-y-coco-590x339                                                                 ……………………

No, no me pregunten ni yo les preguntaré a ustedes; si quieren saber más de estrellas, perseidas y deseos pueden visitar la entrada del blog Los drones de San Lorenzo que escribí hace cuatro años; si lo que les interesa es la receta de cocina, lamento no poder revelar mi pequeño secreto para darle el punto de sabor; si lo que quieren es saber si por fin ella vino a la cena les remito al fresco pintado por Leonardo en el refectorio del convento dominico de Santa Maria delle Grazie, en Milán, La última cena, allí encontrarán muchas de las claves que les quitan a ustedes el sueño.

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Las Marcelinas

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No podía dejar pasar la ocasión de lanzar un dardo envenenado ante el espectáculo al que estamos asistiendo en el teatro de la política actual, donde lo más importante, al parecer, es el reparto de cargos y prebendas. Recuerdo que, durante el curso de Estado Mayor, hace ya más de treinta años, uno de los alumnos invitados, un comandante perteneciente a un país suramericano, pidió permiso para ausentarse tres días y volar al otro lado del atlántico, cuando apenas quedaba una semana de clase; la explicación que dio fue que, en esos días, en el Cuerpo Armado al que pertenecía se hacía “el reparto”. No hubo más preguntas, se fue y volvió -contento- para la clausura del curso, pero no nos dijo lo que le había tocado en el referido “reparto”.

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Bueno pues en esta idea estaba cuando una lectura de la obra de Miguel Delibes, Señora de rojo sobre fondo gris, me dio la clave para este comentario al leer una anécdota sucedida en la cárcel de Carabanchel donde se encontraban los implicados del tristemente famoso proceso 1001, y fue que Marcelino Camacho, el líder sindical que se encontraba entre los presos de aquella cárcel, repartió entre algunos de sus compañeros unos jerséis bastos, de mezclilla, con cremallera, que le habían hecho llegar unos sindicalistas franceses y que se convirtieron en todo un símbolo; el líder sindical los usó como uniforme a lo largo de su extensa vida pública y por esa razón se les conoció con el nombre de “las marcelinas”.

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Desde cualquier posición ideológica, lo que no se puede negar es la coherencia de Marcelino Camacho y no sólo porque continuara viviendo es su vieja casa sin ascensor del barrio de Carabanchel hasta que su edad no le permitió subir más escaleras, si no también y sobre todo por la dignidad en renunciar a su seguro y cómodo sillón de Diputado que había ocupado durante tres legislaturas ante una decisión del Parlamento, apoyada por su propio partido, que considerada injusta para los intereses de los trabajadores. Todo lo relatado hasta ahora está claro, pero muchos de ustedes se preguntarán que tiene que ver con la imagen inicial de esta entrada en la que aparecen tres mujeres en una especie de danza mágica……hay que seguir leyendo un poco más.

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Los cuellos de “las marcelinas” recuerdan, salvando las distancias, la importancia y el simbolismo que ha tenido siempre el cuello en la moda y en los atributos de clase. A finales del siglo XVI se popularizó entre las clases pudientes el uso de cuellos de encaje.  Esta moda surgió en Italia, más concretamente en la Corte de los Médicis, desde donde se exportó al resto de Europa. A principios del siglo XVII el tamaño y la forma de los cuellos se exageraron de tal manera que, en ocasiones, llegaron a medir diámetros asombrosos.  Damas y caballeros de la alta nobleza lucían magníficas gorgueras (en España también se llamaron “lechugillas”), cuyo precio era alto pudiendo, en ocasiones, alcanzar cifras astronómicas. El encaje, no solamente se fabricaba en España, sino que se importaba, siendo los flamencos los más apreciados.  Felipe IV, que era muy sencillo en su atavío, decidió poner fin a tales dispendios y dictó una pragmática por la cual el uso de cuellos de encaje quedaba abolido. Como había que buscar una alternativa se escogió la valona: sencilla, plana y que dejaba el cuello al descubierto y una variante de la misma, que lo tapaba, llamada golilla que se extendió a todas las clases sociales. Con Felipe V y sus modas francesas la golilla fue desterrada en favor de la corbata.

exposicion-velazquez, rembrandt, vermeer

 Y todo esto viene a cuento por la exposición temporal de pintura que, con el título de Velázquez, Rembrandt, Vermeer. MIRADAS AFINES, se puede visitar en el Museo del Prado de Madrid hasta finales del mes de septiembre.  La exposición, compuesta por 72 obras de diferentes procedencias propone una reflexión sobre las tradiciones pictóricas de España y los Países Bajos.

Marte, de Velázquez --Mujer bañándose en un arroyo, de Rembrandt

 

Si bien la historiografía artística ha considerado a estas tradiciones como esencialmente divergentes, la exposición confronta los mitos históricos y las realidades artísticas de ambos ámbitos para reflexionar sobre los numerosos rasgos que las unen y establecer los puntos de comparación. Se ha tardado muchos años en superar la desmedida influencia que la sensibilidad y la ideología nacionalistas de los siglos XIX y XX han tenido en nuestra forma de entender el arte y superar las individualidades para concentrarse en los rasgos comunes que comparten los artistas europeos.

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El caso de la pintura española y holandesa del siglo XVII es sintomático. Separadas por una guerra de ochenta años, su arte se ha interpretado tradicionalmente como contrapuesto. Sin embargo, el legado de la pintura flamenca e italiana, cuya influencia define toda la pintura europea, se interpretó de forma similar tanto en España como en Holanda. En ambos países se desarrolló en el siglo XVII una estética alejada del idealismo e interesada por la apariencia real de las cosas y la forma de representarla. Los artistas cuyas obras se muestran en esta exposición no expresan en ellas la esencia de sus naciones, sino que dan voz a ideas y planteamientos que compartían con una comunidad supranacional de creadores.

lecciones de anatomía

Sin ánimo de extenderme demasiado les remito en primer lugar al ámbito de la moda y la pintura. Desde finales del siglo XVI hasta finales del XVII las élites de España y los Países Bajos vistieron de forma similar, más incluso que otros pueblos europeos. La preferencia por el color negro era una herencia del gusto de la prestigiosa casa ducal de Borgoña, que gobernaría tanto España como los antiguos Países Bajos en las personas de Felipe el Hermoso, Carlos V y Felipe II.

miradas afines

Posiblemente por ello, esa moda perduró en España y Holanda hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XVII. Sobre la realidad de la vestimenta utilizada por los contemporáneos los pintores crearon las ficciones que constituyen sus retratos. No solo la ropa, sino también las posiciones de las figuras, sus gestos y los complementos que las acompañan, son similares en los retratos holandeses y españoles. Ello se debe a que la tipología del retrato en ambos países se desarrolló a partir de modelos comunes creados en los siglos XV y XVI en Italia y en lo que entonces se conocía como Flandes.

Rembrandt - Los síndicos

La exposición es muy interesante tanto por las obras nuevas que se han incorporado, entre otras los cinco cuadros de Rembrandt -pintor que tanto se echa en falta en el Museo del Prado- como por las ideas de la comparación presentada por los comisarios; a mi me ha llamado mucho la atención el matrimonio de estos dos cuadros de pequeño formato que se dan la mano, aislados de los demás, en una de las paredes de la sala. Vista del jardín de la Villa Medici en Roma, de Velázquez, y Vista de casas en Delft, de Vermeer.

vista del jardin y vista de casas en delft 2

Me imagino que muchos habrán identificado perfectamente la imagen inicial de esta entrada, se trata de las ondinas Woglinda, Wellgunda y Flosshilda que custodian el oro situado en el fondo del río Rin. El enano Alberich, (un nibelungo) lo roba y fabrica con él un anillo mágico. El oro del Rin (Das Rheingold), es una ópera en un acto con música y libreto en alemán de Richard Wagner, la primera de las cuatro óperas que componen el ciclo de El anillo del nibelungo. Se estrenó en Múnich hace 150 años. Hoy la política identifica a las tres ondinas que intentan en vano custodiar los valores intrínsecos de la nación y a los dioses, sus mujeres y sus camarillas que sólo buscan el poder personal. Sin acritud.