Las Marcelinas

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No podía dejar pasar la ocasión de lanzar un dardo envenenado ante el espectáculo al que estamos asistiendo en el teatro de la política actual, donde lo más importante, al parecer, es el reparto de cargos y prebendas. Recuerdo que, durante el curso de Estado Mayor, hace ya más de treinta años, uno de los alumnos invitados, un comandante perteneciente a un país suramericano, pidió permiso para ausentarse tres días y volar al otro lado del atlántico, cuando apenas quedaba una semana de clase; la explicación que dio fue que, en esos días, en el Cuerpo Armado al que pertenecía se hacía “el reparto”. No hubo más preguntas, se fue y volvió -contento- para la clausura del curso, pero no nos dijo lo que le había tocado en el referido “reparto”.

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Bueno pues en esta idea estaba cuando una lectura de la obra de Miguel Delibes, Señora de rojo sobre fondo gris, me dio la clave para este comentario al leer una anécdota sucedida en la cárcel de Carabanchel donde se encontraban los implicados del tristemente famoso proceso 1001, y fue que Marcelino Camacho, el líder sindical que se encontraba entre los presos de aquella cárcel, repartió entre algunos de sus compañeros unos jerséis bastos, de mezclilla, con cremallera, que le habían hecho llegar unos sindicalistas franceses y que se convirtieron en todo un símbolo; el líder sindical los usó como uniforme a lo largo de su extensa vida pública y por esa razón se les conoció con el nombre de “las marcelinas”.

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Desde cualquier posición ideológica, lo que no se puede negar es la coherencia de Marcelino Camacho y no sólo porque continuara viviendo es su vieja casa sin ascensor del barrio de Carabanchel hasta que su edad no le permitió subir más escaleras, si no también y sobre todo por la dignidad en renunciar a su seguro y cómodo sillón de Diputado que había ocupado durante tres legislaturas ante una decisión del Parlamento, apoyada por su propio partido, que considerada injusta para los intereses de los trabajadores. Todo lo relatado hasta ahora está claro, pero muchos de ustedes se preguntarán que tiene que ver con la imagen inicial de esta entrada en la que aparecen tres mujeres en una especie de danza mágica……hay que seguir leyendo un poco más.

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Los cuellos de “las marcelinas” recuerdan, salvando las distancias, la importancia y el simbolismo que ha tenido siempre el cuello en la moda y en los atributos de clase. A finales del siglo XVI se popularizó entre las clases pudientes el uso de cuellos de encaje.  Esta moda surgió en Italia, más concretamente en la Corte de los Médicis, desde donde se exportó al resto de Europa. A principios del siglo XVII el tamaño y la forma de los cuellos se exageraron de tal manera que, en ocasiones, llegaron a medir diámetros asombrosos.  Damas y caballeros de la alta nobleza lucían magníficas gorgueras (en España también se llamaron “lechugillas”), cuyo precio era alto pudiendo, en ocasiones, alcanzar cifras astronómicas. El encaje, no solamente se fabricaba en España, sino que se importaba, siendo los flamencos los más apreciados.  Felipe IV, que era muy sencillo en su atavío, decidió poner fin a tales dispendios y dictó una pragmática por la cual el uso de cuellos de encaje quedaba abolido. Como había que buscar una alternativa se escogió la valona: sencilla, plana y que dejaba el cuello al descubierto y una variante de la misma, que lo tapaba, llamada golilla que se extendió a todas las clases sociales. Con Felipe V y sus modas francesas la golilla fue desterrada en favor de la corbata.

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 Y todo esto viene a cuento por la exposición temporal de pintura que, con el título de Velázquez, Rembrandt, Vermeer. MIRADAS AFINES, se puede visitar en el Museo del Prado de Madrid hasta finales del mes de septiembre.  La exposición, compuesta por 72 obras de diferentes procedencias propone una reflexión sobre las tradiciones pictóricas de España y los Países Bajos.

Marte, de Velázquez --Mujer bañándose en un arroyo, de Rembrandt

 

Si bien la historiografía artística ha considerado a estas tradiciones como esencialmente divergentes, la exposición confronta los mitos históricos y las realidades artísticas de ambos ámbitos para reflexionar sobre los numerosos rasgos que las unen y establecer los puntos de comparación. Se ha tardado muchos años en superar la desmedida influencia que la sensibilidad y la ideología nacionalistas de los siglos XIX y XX han tenido en nuestra forma de entender el arte y superar las individualidades para concentrarse en los rasgos comunes que comparten los artistas europeos.

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El caso de la pintura española y holandesa del siglo XVII es sintomático. Separadas por una guerra de ochenta años, su arte se ha interpretado tradicionalmente como contrapuesto. Sin embargo, el legado de la pintura flamenca e italiana, cuya influencia define toda la pintura europea, se interpretó de forma similar tanto en España como en Holanda. En ambos países se desarrolló en el siglo XVII una estética alejada del idealismo e interesada por la apariencia real de las cosas y la forma de representarla. Los artistas cuyas obras se muestran en esta exposición no expresan en ellas la esencia de sus naciones, sino que dan voz a ideas y planteamientos que compartían con una comunidad supranacional de creadores.

lecciones de anatomía

Sin ánimo de extenderme demasiado les remito en primer lugar al ámbito de la moda y la pintura. Desde finales del siglo XVI hasta finales del XVII las élites de España y los Países Bajos vistieron de forma similar, más incluso que otros pueblos europeos. La preferencia por el color negro era una herencia del gusto de la prestigiosa casa ducal de Borgoña, que gobernaría tanto España como los antiguos Países Bajos en las personas de Felipe el Hermoso, Carlos V y Felipe II.

miradas afines

Posiblemente por ello, esa moda perduró en España y Holanda hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XVII. Sobre la realidad de la vestimenta utilizada por los contemporáneos los pintores crearon las ficciones que constituyen sus retratos. No solo la ropa, sino también las posiciones de las figuras, sus gestos y los complementos que las acompañan, son similares en los retratos holandeses y españoles. Ello se debe a que la tipología del retrato en ambos países se desarrolló a partir de modelos comunes creados en los siglos XV y XVI en Italia y en lo que entonces se conocía como Flandes.

Rembrandt - Los síndicos

La exposición es muy interesante tanto por las obras nuevas que se han incorporado, entre otras los cinco cuadros de Rembrandt -pintor que tanto se echa en falta en el Museo del Prado- como por las ideas de la comparación presentada por los comisarios; a mi me ha llamado mucho la atención el matrimonio de estos dos cuadros de pequeño formato que se dan la mano, aislados de los demás, en una de las paredes de la sala. Vista del jardín de la Villa Medici en Roma, de Velázquez, y Vista de casas en Delft, de Vermeer.

vista del jardin y vista de casas en delft 2

Me imagino que muchos habrán identificado perfectamente la imagen inicial de esta entrada, se trata de las ondinas Woglinda, Wellgunda y Flosshilda que custodian el oro situado en el fondo del río Rin. El enano Alberich, (un nibelungo) lo roba y fabrica con él un anillo mágico. El oro del Rin (Das Rheingold), es una ópera en un acto con música y libreto en alemán de Richard Wagner, la primera de las cuatro óperas que componen el ciclo de El anillo del nibelungo. Se estrenó en Múnich hace 150 años. Hoy la política identifica a las tres ondinas que intentan en vano custodiar los valores intrínsecos de la nación y a los dioses, sus mujeres y sus camarillas que sólo buscan el poder personal. Sin acritud.

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Cicatriz en la mirada

el silencio en la posmodernidadSi hay un producto que gana al sexo como el más vendido de la historia es el conjunto completo de sucedáneos, la infinita variedad de lenitivos de la verdad que compramos en todas sus formas. Lo saben los políticos, los sacerdotes, los curanderos, los dueños de los casinos y los publicistas. Los humanos queremos vivir en la mentira, refugiarnos entre sus cálidas paredes edificadas sobre arena, y somos capaces de matar para evitar que nos saquen de la protección que nos ofrecen. Pagamos por la esperanza de obtener libertad, vida eterna, remedio contra el cáncer, tres cerezas en la máquina tragaperras y abdominales perfectos —¡sin esfuerzo, con solo cinco minutos al día! —. Cuando caen las lluvias, se precipitan los torrentes y soplan los vientos que derrumban la mentira, entonces… nos buscamos otra. Reflexionar sobre tu pareja en la soledad de madrugada tras un día emocionalmente extenuante es parecido a echar pedazos de carne ensangrentada en un agua infestada de pirañas. Los pequeños gestos y los detalles minúsculos que desechas en el día a día se colocan bajo el microscopio y se engrandecen. Una mirada de fastidio se vuelve de desprecio, un comentario amable se interpreta manipulador, una buena intención se transforma en cálculo, el piropo se torna en adulación. Lo ordinario se vuelve obstáculo, como un cajón que sobresale y no hay manera de volver a colocarlo de nuevo. Lástima que el mal se haga todo junto y el bien se administre de a poco.  Sigue leyendo